[Crítica] Street Fighter —un Hadouken directo a la patata—
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Street Fighter regresa a la gran pantalla en 2026 para que veamos a Ryu, Ken y otras estrellas de la saga repartir sopapos.
Street Fighter ha llegado a los cines con una nueva adaptación que dista mucho, por fortuna, tanto de la anterior de los años noventa como del infame título de Chun-Li. Cuando hay este tipo de productos siempre vamos con pies de plomo, porque las experiencias pasadas nos limitan la ilusión. Demasiados chascos al pasar de un formato (el videojuego) a otro (los largometrajes). Sin embargo, al igual que con Resident Evil, estamos más que satisfechos. Han estado próximos al perfect y eso nos hace sonreír de oreja a oreja al grito de hadouken.
Street Fighter, dirigida por Kitao Sakurai y con guion de él junto con Dalan Musson, Gary Dauberman y T.J. Fixman está hecha con todo el cariño que un fan podría anhelar. Aunque Capcom esté detrás eso no implica la calidad, solamente el beneplácito para explotar su producto;: sin embargo, en esta ocasión es digno de mención que no solo aparece su logo, sino que el director de Street Fighter 6 (Takayuki Nakayama) está dentro de del equipo de producción por lo que seguro que ha supervisado el proyecto y él desde luego conoce la franquicia desde dentro. Por eso, la película nos ha hecho sentir exactamente lo que buscábamos al ir al patio de butacas: humor, peleas y mucha fidelidad con el original.

Al menos la mitad del elenco de actores eran ya luchadores o realizaban artes marciales o bien tenían duras sesiones de entrenamiento. El resto se prepararon específicamente para la película y eso se nota y se agradece. Para empezar porque los movimientos y técnicas que conocemos de la saga de videojuegos se ha podido trasladar a la pantalla; y además todos ellos, junto con las caracterizaciones de maquillaje y ropas defienden perfectamente al personaje y nos los creemos como aquello que representan.
Si algo podemos declarar es que hay un profundo respeto por los videojuegos en que se basa. Es cierto que la historia es una mezcla de lo que hemos podido ir viendo a lo largo de los años y se separa a su modo para hacer algo suyo propio. Pero por otro lado es, repetimos, esa esencia que acompaña de siempre a Ryu, Ken y compañía.
Y, aunque los combates sean una parte fundamental, no debemos olvidar que esta es, ante todo, una película sobre la amistad. Ryu y Ken son los auténticos protagonistas y el vínculo entre ambos constituye el corazón de la historia. Dos personajes que parecen estar en extremos opuestos: Ryu es serio, disciplinado y reservado, mientras que Ken es mucho más alocado, espontáneo y propenso a meterse en situaciones de lo más peculiares. Su separación les ha llevado por caminos muy distintos y, durante ese tiempo, Ken ha terminado bastante alejado de aquello que antes compartía con su compañero. De hecho, se dedica a actividades de lo más estrafalarias, entre las que por ejemplo destroza coches (lo cual es un guiño a las fases de bonus). En buena medida todo lo que engloba su nueva vida viene bajo la representación de Dan Hibiki, su peculiar mánager, que tampoco parece ser precisamente la persona más indicada para devolverle a la élite de los luchadores. Sus ocurrencias y las situaciones en las que acaba metido provocan las risas de quienes le rodean, pero también sirven para mostrar hasta qué punto se ha desviado de su antiguo camino. Frente a él tenemos a un Ryu que sigue siendo fiel a su disciplina y a su manera de entender las artes marciales, aunque en teoría también las abandonase para dedicarse a una vida más austera y anónima. Esta diferencia entre ambos aporta buena parte del humor de la película, pero también permite que su antigua complicidad y el deseo de recuperar esa amistad tengan un peso emocional que va mucho más allá de las patadas y los puñetazos.

En la historia se nos cuenta a través de una escena de animación que en 1987 hubo el primer torneo World Warrior y que en la final Ryu derrotó a Sagat, pero después hubo unos acontecimientos que provocaron que él y Ken se distanciaran y cada uno siguiera su camino. Hasta la fecha habían sido inseparables, unos pupilos ejemplares de Gouken que se consideraban hermanos. Después, retomamos en 1993 en un momento en que a M. Bison se le ocurre que sería buena idea montar el segundo torneo para localizar a Ryu de nuevo, en quien tiene un enorme interés.
Los años no están puestos al azar. En 1987 salió al mercado el primer Street Fighter y para cuando estábamos en 1993 (cuando transcurre casi todo el cúmulo del largometraje) Street Fighter II ya era un fenómeno de masas y lanzó la cuarta actualización o expansión del título con Street Fighter II: The new challengers que ofrecía rebalanceos y nuevos personajes entre los que se encontraba Cammy, que tiene un papel medianamente importante al ser una secuaz de M. Bison que desde el principio desconfía de Chun-Li y la controla porque la ve como a una rival a la que detesta. Para poner en situación: es Chun-Li quien tiene que reclutar a los luchadores del torneo y dar con el desaparecido campeón de la edición de 1987.

Destacamos esa simbiosis entre el ritmo y los combates. En ningún momento parece que no pase nada, pero se nos dan los descansos necesarios a través de bromas y conversaciones entre los personajes que no empañan para nada en que después vayamos a ver numerosos enfrentamientos tanto dentro como fuera de la arena del torneo. No obstante, lo mejor es la mezcla entre las partes en acción real (la mayor parte del metraje) y aquellas hechas con animación. Lo más relevante estaba remarcado bajo el encuadre de los dibujos animados y le aportaba mucha frescura y también dosis de emoción. Por un lado habríamos preferido una película entera de animación, pero por otra las actuaciones, escenarios, efectos y demás están tan logrados y nos han dejado con un sabor de boca tan bueno, que en realidad estamos más que satisfechos con tener, por fin, en pleno 2026, una película a la altura de lo esperado. En realidad, debemos más bien ver como un caramelo que nos hayan ofrecido esos minutos en animación y todo porque Sakurai no quería hacer uso del rejuvenecimiento digital o tirar de otros actores para las escenas de seis años antes; por lo que optó por llamar al estudio Titmouse (Big Mouth) que ha plasmado a la perfección las escenas con el diseño de personajes escogido, el coloreado y la animación en sí misma.
Mención aparte para la música. Tenemos tanto pistas de pop/rock de diferentes grupos como piezas de la propia saga. Lo bien que encajaba todo y, sobre todo, lo importante que era incluso para Ryu tanto para concentrarse como para otorgársenos después una escena tensa y cómica al mismo tiempo.
El cierre nos deja con ganas de más y, también, con la puerta abierta a que eso suceda. No queremos destripar nada, pero no quedan dudas de que, si todo va bien, podríamos tener una secuela con más leñazos, más momentos divertidos y, quizás, más escenas animadas con la misma maestría que en esta.


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